Pago del Vicario primera bodega de España que se acoge al sistema antifraude del Centro Técnico Operativo del Vino
Pago del Vicario, grupo vitivinícola con bodegas en Ciudad Real, acogida a Vinos de la Tierra de Castilla; San Clemente-Cacabelos, en El Bierzo y Fondón (Almería), ha sido la primera firma en acogerse a los servicios del Centro Técnico Operativo del Vino (CTOV) en España como fórmula, según su consejero-delegado, Ignacio Barco Camarena, de salvaguardar el prestigio de su marca y de ofrecer un producto más seguro y con elementos dinámicos de mercadotecnia.
El Centro Técnico Operativo del Vino (CTOV), empresa impulsada por la compañía multinacional suiza SICPA dedicada a la protección de los billetes de banco en los cinco continentes, los documentos de valor y los productos de consumo de la falsificación, duplicación y adulteración, cuenta con un proyecto cuya finalidad es proteger el producto ante posibles fraudes o manipulaciones, así como mejorar su trazabilidad e incorporar nuevas técnicas de mercadotecnia.
Pago del Vicario comercializa anualmente alrededor de medio millón de botellas entre las bodegas de Ciudad Real y El Bierzo y, en breve, sacará al mercado dos marcas más en Almería que, con unas ventas iniciales de 50.000 botellas, conformarán toda su oferta. La empresa, que cuenta con clientes en numerosos países entre los que destacan Estados Unidos, China, Suiza, Bélgica, Canadá o Francia, tiene 130 hectáreas de viñedo en su complejo enoturístico de Ciudad Real, donde cuenta con restaurante abierto al público todos los días y un hotel de cuatro estrellas con 23 habitaciones. Entre sus castas blancas más predominantes figuran chardonnay y sauvignon blanc y en las tintas tempranillo, cabernet sauvignon, merlot, garnacha, graciano, syrah y petit verdot.
En El Bierzo, la bodega cuenta con 19 hectáreas de viñedo de las que 11,5 hectáreas son viñas con edades que oscilan entre los 35 y los 109 años de edad y sus variedades principales son godello, doña blanca y mencía.
En Fondón (Almería), a una altura cercana a los 1.500 metros, el grupo cuenta con 6,5 hectáreas de viñedo, enclavado en la Alpujarra almeriense, en la sierra de Gádor y pegado al Parque Nacional de Sierra Nevada en las que destaca la uva pinot noir junto a tempranillo, cabernet sauvignon y merlot.
Directivos del CTOV, conscientes de la importancia que el vino tiene en España, tercer productor del mundo y primero en superficie vitícola, además de tercer exportador en volumen, pero muy cerca de alcanzar el primer puesto, han visitado durante los últimos ocho meses a consejos reguladores, bodegas e instituciones para conocer, a fondo, las necesidades del sector en asuntos de seguridad y autentificación, así como de mercadotecnia para ajustar su proyecto.
Los productores de vino españoles, conscientes de lo que se juegan en los mercados exteriores donde están a punto de superar en un plazo no superior a cinco años, según cálculos de la Administración, a Francia o Italia como exportadores, han manifestado al CTOV de manera reiterada que su idea es crear un gran nivel de percepción de calidad para su producto embotellado, así como un aumento de los niveles de seguridad, máxime cuando uno de los grandes importadores como China ha reconocido, a través de su Cámara Nacional de Industria y Comercio, que el 70 por ciento de los vinos de importación vendidos en restaurantes de las grandes ciudades son falsificaciones.
Pierre Delval, asesor antifalsificaciones de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa y miembro de la Comisión de Tráfico Ilícito del Foro Económico Mundial, asegura que “fraudes y falsificaciones están a la orden del día en todas las regiones del planeta, sin respetar ni a los productores ni a las personas” y recuerda que el vino no es una excepción en esta tendencia, cada vez más generalizada, y a menudo los consumidores son víctimas del engaño y la intoxicación.
Entre los diversos casos de falsificaciones presentados ante las autoridades comunitarias, Delval recuerda que en la región francesa de Saint Émilion, un productor modesto, pero afamado por la excelente calidad de su vino blanco, ha dedicado casi la mitad de su producción a la exportación de vinos a Japón. De esta forma, de las 700.000 botellas producidas, 300.000 se envían anualmente a un importador nipón, exportación muy necesaria para su supervivencia, ya que los precios internos del mercado francés cayeron en los últimos años.
En 2006, prosigue Delval, el importador japonés decidió romper sus relaciones comerciales porque cientos de miles de botellas con etiquetas falsas de dicho productor estaban a la venta, mucho más baratas claro está, en los supermercados japoneses.
El importador inició una investigación, a instancias del bodeguero francés, y descubrió que unos mafiosos japoneses habían encargado a un grupo de delincuentes de Taiwán una reproducción de botellas etiquetadas, que eran rellenas con vino blanco comprado a granel en Nueva Zelanda, y enviadas por barco a Japón donde varios distribuidores, de más que dudosa reputación, vendían la mercancía a mayoristas locales. Si no llega a ser por la decidida actuación de las autoridades japonesas, el productor francés estaría hoy en la quiebra.
En este contexto, las empresas vitivinícolas españolas tienen la obligación de defender la originalidad del producto y poner barreras a las falsificaciones que le traerán perjuicios económicos y, sobre todo, de imagen.
El CTOV incorpora a las tradicionales medidas de seguridad, experimentadas con éxito en otros sectores, un certificado de análisis sensorial complementado con un análisis físico-químico de las características del vino que se pueden identificar y servir de prueba (ciertos compuestos metálicos que son inmutables).
Ese análisis lleva un número registrado en la etiqueta de seguridad, un código encriptado y secuencial que ligado con el código de barras de la contraetiqueta, por la que el que el gran público podrá acceder a la información necesaria para conocer las características del vino, así como los elementos de seguridad que porta el sello de garantía para asegurar su identificación. Ese número está ligado a un código invisible encriptado, entre la cápsula y el gollete de la botella, que queda activado en el momento en el que el vino es embotellado. En el sello podrá apreciarse a simple vista una imagen de óptica variable similar a las que utilizan los billetes de banco para su identificación.
El CTOV, en definitiva, pretende ofrecer a productores y consumidores los instrumentos necesarios para conseguir que cada vino sea un producto único e irrepetible, con una imagen de marca creada por los desvelos del empresario y de todo el equipo que hace realidad cada vendimia un producto genuino con la vitola de sus creadores.